jueves, 24 de mayo de 2012

Moreno y Córdoba – Bea Suarez


Viernes 24 de junio de 2011 – Moreno y Córdoba – Bea Suarez.
Moreno y Córdoba
"Habría que meterse el uno en el otro
como los pétalos en torno a los estambres:
tanto está lo desmesurado en todas partes,
y se amontona y contra nosotros se lanza.
Pero, mientras nos apretamos uno contra otro,
para no ver cómo se acerca por todas partes,
puede surgir de ti, puede surgir de mí:
pues nuestras almas viven de traición".
Rainer Maria Rilke
Albada oriental. Selección de poemas.
Hace años paso diariamente por esa esquina de la ciudad.
Me resulta clave por varias razones. Funcionó allí hasta hace poco un bar, en el otrora centro clandestino de detenciones y torturas durante la última dictadura militar, sede de policías de aquél momento (sin redes para sostener patria alguna).
También está la Facultad de Derecho que se quemó hace unos años, fue reconstruida, restaurada. Observé el arreglo paso a paso, techos y una cúpula color azul Francia consumida en partes por un fuego que ciertas bombas de estruendo dejaron, entre extravíos y disgustos.
Cada vez que arribo en bicicleta, recargada de humo y urbe, ruidosos colectivos y enormes convenciones de palomas, advierto la presencia de unos bultos tapados prolijamente con nylon negro, papeles intranquilos (por vientos que no atajan los plátanos de plaza San Martín) utensillos varios, botellas y perros. Debajo de todo eso vive una señora cuyo nombre desconozco. Algunos dirán "en situación de calle", yo pensaría más bien a cielo abierto, rodeada de paquetes y provechosas horas céntricas sin altillo.
Esta señora barre la vereda, saca las estrelladas hojas secas, lee con anteojos, se sienta cómodamente a experimentar quien sabe qué diarios, remite a una gran soledad interior que (al menos a mi) me inspira respeto.
Hay una mínima concordancia entre ella y yo, las dos leemos y vivimos rodeadas de nuestros bártulos. Muchas nochecitas pienso en qué comerá, pero también la veo comer. Charlar, muy poco.
Ahora se vino el invierno y no logro dejar de pensar en ella, en que hace un grado de temperatura, dónde se bañará. Me viene un deseo de aclarar su posición respecto a la gente, a los transeúntes comunes como yo que perdemos a Dios con alguna intermitencia.
Pero no atino a ir, a llevarle pollo o una campera, es como si entre las dos hubiérase instalado una higiénica distancia llena de dignidad y tiempo que corre.
Por momentos es pura perturbación en mi cabeza, deja incluso de ser una extraña, pienso en los de Red Solidaria que van a esa esquina todas las noches a las 20, a proteger, dar de comer, los siento mil veces mejor que yo, mejor gente, yo, que solamente escribo y no voy a dar una mano o decorosa valentía municipal aunque sea.
Es la esquina donde me siento muy pobre de espíritu, donde estos versos se me hacen un verso, una tragedia y pienso que el amor entre seres humanos es quizás lo más difícil. Con todo mi ser, en esto, me considero una principiante, y la señora una elegida que sabe vivir con una bolsa, con una simple bolsa encima.
(No me vengan con el sistema, la expulsión, los dejados afuera, quiero escribir como una especie de verdad catártica este viernes. Déjenme).
De súbito estalla la esquina como estalla una guerra, el aire se envenena de pobreza extrema, una que no puedo gobernar (ni yo, ni Binner o Alfonsín).
La señora, su carrito de alambres a modo de ropero o alacena, la plaza, la noche, las capotas militares que habrán merodeado la zona más de una vez, unos abogados cualesquiera, hacen de ese lugar un punto donde reflexionar sobre la furia y la libertad. A la vez.
Es de esperar que me ponga las pilas y vaya de una corrida a dar abrigo y carne, me deje de poesía y contratapas.
Porque hasta ahora es ella la que me ha dado, me ha brindado su modo de vivir para que yo logre hilar estas, mis pobres frases.
El pernicioso invierno ha de investigar el por qué de ciertos intercambios.
He recibido más de lo que di, eso siento mientras mi estufa está al mango.
Exploro mis sentires según la circunstancia de otro, otra.
No quiero dormir al borde de mi misma, frente al sepulcro de la muchacha joven que he sido, sin darme cuenta, sin que la sangre me haga bulla estas noches de junio.


Una noche en un planeta – Iván Fernández


Viernes 12 de noviembre de 2010 – Una noche en un planeta – Iván Fernández.
Una noche en un planeta
La puerta de la entrada está cerrada y si se golpea y se entra, hay que volver a entornarla. Las entradas a los planetas son curiosas, y en este caso, consiste en una puerta que deriva inmediatamente en una escalera. Para jugar a ser astronauta hay que pagar unos pesos. La noche, quizá, no es la mejor para volar: llovizna y hace calor.
Un planeta no es otra cosa que un sitio más en la noche dónde se encuentran quienes saben cómo llegar. El cuerpo luminoso está ciego a los telescopios, hay que saber encontrarlo en la oscuridad. La vida en el planeta se organiza exactamente como una órbita: volviendo a pasar, reanudando.
La escalera lleva una primera sala con un gran velador, se puede subir la bicicleta y dejarla allí. La sala da una terraza semi techada y con una barra, y, por otro lado, a un pasillo que comunica con otra sala.

Itinerancia.

La terraza es amplia y tiene una especie de gran claraboya en el medio que, de todos modos, no dificulta el paso. De la llovizna nos cubre una lona y en la barra se venden cervezas. En una pared se proyectan videos. Hay mesas con gente sentada y parada alrededor. En la pantalla suele aparecer un hombre de pelo corto, bajo y, a veces, otro hombre, un poco más alto y barbudo. El primero parece ser el realizador de las proyecciones porque aparece en diferentes escenas en las que músicos cuentan algo. El otro quizá sea un músico, un entrevistado.
Sea como sea, el barbudo y el de pelo corto que, como otros, tiene un pantalón que se le pega a las piernas delgadas, están parados junto a la barra. Sonríen y charlan con otros mirando y señalando a veces la pared en la que se proyecta. Pero en cierto momento, el barbudo, sin más, marcha, comienza a caminar atravesando la terraza. El del pantalón que se pega levanta la vista, atento, y lo sigue por detrás sin hablar. Al rato vuelven, igual: el barbudo adelante, el otro como un satélite. Más luego, otra vez la órbita, el barbudo va hasta una mesa en el medio del espacio de la terraza, el del pantalón gira y se traslada.

Reiteración.

En la proyección se concatenan cortos de entrevistas. En todos, algunos músicos hablan. En todos, escenas similares recurren: los músicos tocando por la noche, los músicos hablando en alguna postura informal (sentados en el pasto de un parque, en el cordón de una vereda) sin mirar a la cámara, durante el día.
Los músicos hablan de sus influencias, de su música, de lo que hacen y de lo que van hacer, de los discos que salieron y de los que van a salir. Discurren durante el día, en el hablar del poco dormido, y miran al horizonte (como lo hacen los profundos).

Vibración.

Saliendo de la terraza se entra en un pasillo que lleva a una sala. En el escenario dispara el DJ.
La música se construye sobre la ida y vuelta de sonidos que se columpian. Las franjas de las alturas se reparten el resto de los parámetros del sonido. En la zona de los bajos, hace figura el ritmo, en los de los agudos, el timbre. Las duraciones se organizan retornando y todo está cruzado por las texturas.

Oscilación.

Varios grupos bailan en la sala. Dos de ellos están conformados por jóvenes, flacos y blancos. Los hombres llevan pantalones que, ya se ha dicho, se sueldan a los muslos flacos. Las chicas, con vestidos más bien negros y algunos collares mínimos. Hombres y mujeres con el mismo peinado, corto y con una forma que remite a un pequeño hongo.
Con los pies fijados al piso y los ojos cerrados, bailan como movidos por una brisa.

Recurrencia.

La calesita del planeta no parece detenerse.
La puerta de la entrada está cerrada y si se golpea y se entra, hay que volver a entornarla. Las entradas a los planetas son curiosas.